Francia no nos es ajena

03/Nov/2020

El País, Editorial

Francia no nos es ajena

Si algo está enseñando esta pandemia es que en este mundo ya no existen cotos cerrados y aislados respecto a lo que sucede en otros rincones, por más que su realidad nos resulte ajena.
En una ciudad de China, de la que quizás pocos sabían de ella, se disparó una pandemia que se globalizó y nos puso a todos en jaque. Por lo tanto aquello que era lejano, diferente y exótico terminó no siéndolo.
Tampoco nos puede ser ajeno lo que estuvo ocurriendo en estos días en Francia. Un profesor liceal decapitado, un cura católico y dos mujeres feligreses asesinadas y un sacerdote cristiano ortodoxo atacado y que, al cierre de esta edición, estaba en estado grave.
Todo ello resultado de atentados perpetrados por lo que se ha dado en llamar “el terror islámico”.
¿Quiere decir que todos los musulmanes que viven en Francia, ya sea nacidos ahí o llegados como inmigrantes, son terroristas? Por cierto que no. Pero la situación llegó a un punto que el miedo generado por el terrorismo, y por las características mezquinas con las que actúa, hace muy difícil discriminar entre buenos y malos.
El terrorismo es así, siempre lo ha sido: actúa desde la sombras y se mimetiza entre la gente común para lograr pasar inadvertido. Al protegerse de ese modo, expone a los demás.
También se escuda en las pautas de civilización, respeto y tolerancia que son características del país en que actúa. Francia es un buen ejemplo de ello. El terrorista islámico actúa con más comodidad en países donde es mal visto el destrato al inmigrante y la gente siente culpa cuando no entiende o tiene prejuicios respecto a una religión o una cultura diferente a la que ha sido tradicional en su país. Está en su historia y en su legislación que todos sean tratados de igual manera y dentro del arraigado concepto laico de Francia, ninguna religión es del Estado pero todas son toleradas.
El terrorista islámico se ampara en esos conceptos, pero no los aplica. Su religión debe ser respetada, pero la de los demás no. Su derecho a expresar lo que piensa debe ser tenido en cuenta, no así la libertad de los demás.
En los países donde impera el Estado de Derecho y la democracia liberal, la idea de la libertad de expresión es casi sagrada. Las personas son libres de decir, escribir y dibujar cosas que horroricen a otros. Lo que digan podrá enfadar, pero no por eso ser censurado. Y quien viene de otro país y de otra cultura a buscar mejor destino en lugares como Francia, tendría que saberlo y aceptarlo de antemano. Sí, las leyes de Francia son muy diferentes a las de los países donde predomina el islamismo y ellas deben ser acatadas.
Esto de ser inmigrantes y reclamar que sus particularidades culturales sean respetadas está bien porque así funcionan las cosas. Pero exige también que la cultura del país al que se llega sea entendida y aceptada pues son las normas que rigen aún desde antes que el inmigrante llegara.
Más inaudito es llegar, rechazar la cultura ya existente y por no aceptarla, salir a decapitar y asesinar gente un día sí y otro también.
Se trata sin duda del gran desafío que se la plantea a Europa: cómo hacer valer los principios occidentales de tolerancia y respeto a gente que se ampara en ellos para eventualmente destruirlos.
Este es un problema para la propia comunidad islámica radicada en Francia y en tantos otros países y parece evidente que se acerca el momento que deberá expresarse con absoluta contundencia y claridad contra estos atentados; separar en forma inequívoca las aguas para que se sepa que una cosa son comunidades inmigrantes que se asientan en un país y respetan sus leyes y otra muy distinta, son aquellos que invocando su nombre, cometen estos horrorosos asesinatos.
Estos hechos no son lejanos ni deberían ser ajenos a nuestro interés. Valores muy apreciados por la tradición democrática uruguaya están en juego. Nuestra propia historia ha sido la de consolidar aquello que hoy los atentados terroristas intentan voltear en Francia. Son los valores que hacen a nuestra democracia y nos definen como nación, como la “comunidad espiritual” que tan bien definió en su momento Wilson Ferreira Aldunate.
Por eso lo de Francia duele. Está en juego la libertad de expresión y la religiosa, está en juego el derecho de la gente a vivir en paz más allá de donde viene, está en juego el respeto entre quienes conviven en un país y el asentado concepto occidental de la tolerancia. Por todo esto es que las horrendas muertes de estos tiempos, sumadas a atentados anteriores, nos duelen como si fueran propias.